La carga de la historia

Llevo a cuestas el silencio de la protesta, del sudor en la frente, de las cicatrices del desprecio y el vacío de las palabras hirientes; de la incesante lucha y desconsuelo de sentirse solas contra el mundo.

Cargo el peso de una sonrisa derrotada, de unos sueños destrozados y de un futuro incierto.

Escucho los últimos gritos, con vestigios de vida, que se van acallando por las llamas de un poder ciego y devastador.

Porto el don al que ustedes se atrevieron a llamar desgracia: la vida.

Ardo como esas 146 mujeres víctimas, y muchísimas más, que representan la injusticia de la historia por la búsqueda de la igualdad.

Reencarno la voz, ya no muda, del inconformismo.

Soy mujer parida por la perfección de la naturaleza y dentro de la perfección no cabe el error.

Soy la promesa, la voz y la fortaleza de quienes lucharon y siguen luchando.

Hoy no es el día para celebrar el ser mujer. Hoy es el día para recordar que aún hay mucha distancia por recorrer, retos que asumir y sueños por cumplir.

¡Feliz día para los retos que estén a la altura de sus sueños, MUJER!

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Leer en pasado

Hoy leí un fantasma, uno de hace un año, uno que escribí con el vacío de la ausencia, uno que me recuerda lo fugaces que somos, uno que me despierta de golpe el sino que en algún momento me desaparecerá en un suspiro de esta loca existencia y tránsito por el mundo.

Invoqué el pasado y aquellos sentimientos que me invadieron esa vez, sintiéndolos de nuevo en presente, en este presente, en mi ahora. Los reconjugué para envolverme de nuevo en ese devenir de sentires, de adioses, de resucitaciones.

Estoy con ese yo en el que los minutos, días y meses pasaron. Me invaden la nostalgia y el temor de vestirme de nuevo por ella. Ahora (hoy) es un año después de haber escrito, tachado, evocado, despedido… Los ojos con los que plasmé el esbozo de un recuerdo, que en vida se evaporó por siempre en un día de verano, son los ojos que leen el pasado de unas letras que traen en paquete las Navidades, los helados, el verde que nos rodeó y compartimos y muchos más escenarios que estabas conmigo o simplemente estaba yo sola.

Más que leer esas letras y hacerme esas imágenes, leí a Natalia, a una Natalia etérea, efímera, pasada y humana. Me revolcó ese montón de Natalias que pasaron por este cuerpo en presente y me recordaron que hay una sola Natalia, un solo sujeto, que mientras teclea cada letra está siendo y que la esencia de ese siendo algún día se leerá en pasado. El presente será cada tanto que me lea hasta volver a desaparecer para ser una nueva que escriba.

El informe de la ausencia

De nuevo estoy frente a la hoja en blanco que me habla de la vasta soledad que nunca tiene respuestas. Me dirijo a vos porque no sé qué otro puente utilizar para unir lo que está roto por la distancia. A pesar de que eres papel, que puede llegar a ser ceniza, sos la última opción a la que me aferro para escribir lo que nunca me atreví a decir. Mientras me dedico a la tarea de los que narran historias para vivir de algo, afuera llueve al igual que lo hacen los pensamientos dentro de mi cabeza. Quiero empapar las hojas con la lluvia que llevo adentro para dejar constancia de lo que es estar lejos del amor. No entiendo por qué el encanto hacia vos migró a otros formatos intangibles en los que no se puede acariciar la fuerza de los trazos que te rayaron, la tinta regada por alguna lágrima desobediente, el olor de la añoranza o la marca roja con una promesa a futuro de un beso. Llenar el vacío de los que no están ya no es tu labor, te reemplazaron unos datos móviles fijos que ahorran el exceso de palabras como “Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida” por un mensaje, resumido y poco preparado, como “eres la luz de mi vida”. ¿Qué habrá sentido Clara apenas Juan Rulfo te envió? ¿Qué magia escondías en el siglo pasado cuando llegabas arropada por un sobre con unos bordes rojos y azules que ahora se esfumó? Esta soledad con sabor a vos, como dije, no tiene respuestas, solo preguntas por cuál habrá sido tu destino. Creo que llegaste a convertirte en un mito, en un ejercicio con sabor a pasado, despojo y vacío. Quizá mi lluvia son lágrimas que rechazan tu extinción y mis palabras son brujerías para despertarte de un coma inducido por los humanos que optaron amar más ligero, por impulso y costumbre. Yo sé que vos sos difícil porque requerís como mínimo tiempo, y eso ya no lo tenemos por el afán con que corren los minutos que terminan por asfixiarnos. Mario Benedetti, el poeta de los lugares comunes, escribió diciendo que eres el informe de la ausencia, y es por eso que me tomo el tiempo para escribirte, porque ahora sos pura ausencia y a los que están ausentes hay que escribirles, mi querida carta de amor.

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Imagen Cultura Colectiva

Despertar

Un frío tímido toca la punta de los dedos de mis pies. No estoy dormida pero me despierta  la sensación que recorre mi cuerpo hasta mi cabeza. En lugar de congelar mis pensamientos, los estimula. Ahí adentro me gritan que necesitan calefacción. Dejo de leer para ponerme a escribir. Por inercia, mis manos piden trabajar para que lo que acontece ahí arriba, en medio de mis ojos, no caiga en coma.

Muchas veces la conciencia la tiene más nuestra unidad de músculos, huesos y células, que el cerebro. Por eso me gritaron, en silencio, cuando el frío los activó para que dejara mi sosiego y plasmara, por fin, las ideas que desde hace días estaban muriendo por causa de una hipotermia, premeditada.

Las yemas de mis dedos recuerdan la punzada de dolor que leyeron mis ojos esa madrugada, más que dolor fue una verdad atragantada por meses. Entendí, después, que la causa del colapso de mi cabeza ya no era por ahogar mis pensamientos, sino por un vacío, inesperado, que no fue llenado luego del desahogo.

Quise escribir al día siguiente; mi cabeza me lo pedía con la turbulencia que se generó cuando sobrevolé un clima crudo y real. Comencé, pero la tinta dejó de escribir cuando me acercaba a la despedida. Me prometí que sería capaz y no lo fui. De nuevo me abrumé con un montón de ideas que justificaran la sentencia que habíamos acordado. ‘Lo mejor para los dos’ termina siendo lo más adecuado para uno, pero creí que ambos nos beneficiábamos.

Pretendía ser juez y serle fiel a las competencias de la profesión. Me despojé de egoísmos y me aventuré a la sabia comprensión.

No lo logré, ¡qué ambiciosa fui! A veces, o casi siempre, en cuestiones de dos, para sobrevivir después de un’desamor’, hay que poner primero al yo. Y hasta este momento, que mi cuerpo me levantó del letargo por el frío, entendí que lo que había callado eran mis pensamientos que reclamaban, de nuevo, una protagonista a la que había reducido a un papel secundario. Era yo la que gritaba ahí adentro para escenificar de nuevo el monólogo.

Escribí.

Desperté.

Souvenires del Amazonas

Aprender de aquellos que ponen sus dones al servicio del amor. Carolina Calle es toda una maestra en ello y colecciona historias de amor de cualquier rincón del mundo. Aquí una que yo le compartí de mi viaje al Amazonas.

Cartas a la Carta

¡Llegó correspondencia desde el Amazonas!

Luego de pasar por una maloca, montar en chalupa, cruzar fronteras y conocer de cerca osos perezosos, micos glotones y delfines de agua dulce, una corresponsal de Cartas a la Carta nos hizo llegar este reporte de un ocaso romántico y de un instante sagrado desde el Sur de Colombia.

La vida en selva

Por: Natalia Tamayo

Desde hace meses soñaba con desentrañar por mi propia cuenta el pulmón verde. Preparé mi maleta: botas pantaneras, plástico para la lluvia, una fórmula mágica para los mosquitos, tenis cómodos, pañoletas para disimular el frizz de mi pelo, descarté todo el maquillaje e incluí mi libreta y mi cámara para no perder ni un solo plano que me regalara la enigmática selva amazónica.

Me desconecté por completo de la Modernidad que sofoca e impide ver con otros ojos las escenas secretas que nos ofrece la vida. Una de ellas: este momento. Una pareja…

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Prepararse para escribir un adiós

Parce, si vieran a mi abuelita… (risas) cantando en el carro… (vuelven las risas). Subí un Snapchat de ella… mirálo. ¡Ella es hermosa!

Ahí llegó de nuevo el dolor en forma de recuerdo. De nuevo se asoma el vacío en el pecho y la construcción instantánea de muros de contención, en los ojos, para evitar que las lágrimas fluyan, como el río Atrato.

¡Cómo me haces falta!

Eres -a pesar de que ya no eres por reglas del español- la segunda persona a la que le he dicho adiós, pero la primera con la que fui consciente de hacerlo. Créeme, es mayor duelo dimensionar el vacío cuando se sabe que está presente.

Ese 5 de julio acepté la oportunidad para dejar que mis dos cuencas hablaran sobre lo que sentía. Las palabras no tomaban ninguna forma. Te observaba, en silencio, luchando con tus pulmones para que el oxígeno pudiera invadir tu cuerpo y tener otros minutos de vida.

Salí al balcón a abrazar el frío para que me secara el llanto. Quise encontrarte afuera, entre el misterio de la noche y el de las despedidas. Abracé a Samuel y lloré. Lloré por los recuerdos, por la última vez que tomé tu mano arrugadita, por la última vez que mencionaste mi nombre sin que nadie te lo soplara en un susurro y por las tantas que me decías ‘te quiero mucho’ cuando te mencionaban que lo hicieras.

Me pesan las veces que no fui, porque ponía primero la universidad y luego al mundo entero. Pero me pesó más escribir esas palabras inevitables a D, mis amigas del colegio, Sebastián y Santiago: “mi abuelita acaba de fallecer”. Me ahogué con el llanto.

La primera prueba para decir adiós pasó con el insomnio de esa noche, la misa y escucharte el día después a través de las canciones que solías cantar.

Te he escrito más de una vez después de ese día. En papel, en el computador y, más que todo, en mis pensamientos. Siempre te pienso hermosa y sonriente.

Hace unas semanas unos amigos de la universidad comenzaron a hablar de las historias de sus abuelitas. Pocos sabían que días atrás nos habíamos despedido. Me aventuré a hablar de ti. Lo hice en pasado y las palabras me abrumaron, hicieron nudo en mi garganta y en mis ojos. Lloré en mi interior mientras los otros reían, mientras ellos sabían que tenían a su abuela y yo ya no podía abrazar a la mía.

Ese es el peor ‘aterrizaje’ que una puede experimentar. Chocarse con la realidad. Enfrentarse con ella y recibir el golpe, sin previo aviso, y con todas las terminales nerviosas activas, transportando la señal de dolor por todo el cuerpo. ¡Auch, en el corazón y el alma!

Mi realidad es acostumbrarme, por precisión gramatical, a conjugarte en todos los pretéritos: perfecto, imperfecto y simple; en los dos modos: indicativo y subjuntivo. Creo que mis letras se rehúsan a hacerlo y no lo haré. Te lo prometo.

Ya ganaste abuelita.

A mí me queda evocarte en cada helado como los que te gustaban a ti, en el parqués y las fichas amarillas, en cada Navidad, sus luces y Papás Noel, cada 5 de diciembre y te veré siempre en ‘todo el verde que nos tocó’, como decías.

Ese ‘verde’ es vida y ahora yo te veo en cada árbol y montaña. Susúrrame con el viento que me quieres y despéiname si es necesario.

Serás mi eterno ‘verde’, Corde.

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La palabra no dicha

No materializar con palabras los pensamientos es un acto de cobardía para mantenerse ileso y por querer controlarlo todo –hasta los suspiros-. Confieso, para mí, es el peor castigo que cualquier ser humano se puede imponer. Angustiante sin duda alguna.

El poder de las palabras queda hecho polvo por el deseo que arde dentro guiado por el temor. La prisión de las palabras es la atadura del miedo injustificable.

La palabra no dicha es la que grita el corazón y calla la boca, es la reserva que cuestiona lo conocido y teme frente a lo que espera recibir.

No hay vuelta atrás. ¡Que no se devuelvan la palabras luchando contra el miedo inefable!, dice la valentía que con sus ocho letras ha estado ‘cazando’ la tranquilidad. ¡Es ya o nunca! La verdad viene envuelta y sale obligada a través de los labios: t e q u i e r o. Salen las palabras por el aire y se esfuman junto a la turbación.

Ahora el miedo, deshecho, vuelto materia intangible, vuela liberado por la realidad que lo exorcizó. Desapareció el peso de cargar la palabra no dicha, pero me invade la incertidumbre de si vos convertirás en verdad la palabra declarada.

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*Gracias a Omar Crosa por ponerle mayor orden a mis palabras.